—¡Abra! —ordenó una voz masculina—. Guardia Civil.
Mentían.
En San Isidro, los guardias siempre llaman por el nombre.
—¿Quién busca a una vieja a estas horas? —respondí sin abrir.
Silencio.
Luego, una voz distinta, más suave.
—Sabemos que está aquí.
Mi estómago se cerró.
—Aquí solo hay pobreza —dije—. Y eso no se roba.
Escuché pasos rodeando la casa. Una sombra pasó frente a la ventana.
Ricardo me tomó la muñeca.
—No son policías —susurró—. Son míos… y no.
Me explicó entre jadeos:
su socio.
su hermano.
una empresa construida sobre mentiras.
Habían intentado matarlo. Hacerlo parecer un accidente. El río como cómplice.
—Si me encuentran… —tragó saliva—. No saldrá viva.
La puerta crujió. Intentaban forzarla.
Entonces hice lo único que una mujer como yo puede hacer:
usar el tiempo.
Abrí.
—¿Qué quieren?
Eran tres hombres. Trajes oscuros. Ojos sin historia.
—Buscamos a un hombre herido —dijo uno—. Un delincuente peligroso.
Sonreí.
—Aquí solo vive una anciana que apenas puede cargar agua.
Miraron detrás de mí. Olieron el fuego. La sangre.
—Si miente…
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