—Eso ya lo sé. Por eso hago esto.
Nunca me dio dinero en mano.
Nunca me ofreció una casa nueva.
Nunca me llamó heroína.
Me devolvió algo mejor: dignidad sin ruido.
Los meses pasaron.
El médico descubrió que mis manos temblaban menos cuando dormía mejor. El tejado dejó de gotear. El pueblo dejó de apagarse.
Un día, Ricardo se fue definitivamente.
Antes de irse, dejó una placa pequeña junto al río. Nada ostentoso. Solo una frase:
“Aquí, alguien decidió no mirar a otro lado.”
A veces me siento en la orilla.
Escucho el agua.
Y pienso en aquella mañana.
En el cuerpo atado.
En el pulso débil.
En mis manos viejas tirando contra la corriente.
Dicen que el río no devuelve lo que se lleva.
No es verdad.
El río devuelve lo que encuentra a alguien dispuesto a sostener.
Y esa mañana…
yo aún podía.
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