Señora Lucía, lo siento mucho... Tuve un accidente de moto y estoy hospitalizado. No podré venir ni hoy ni mañana a atender a don Rafael.
El corazón de Lucía se congeló.
Ella corrió a la habitación de su suegro.
Al abrir la puerta, el olor la impactó de inmediato.
Don Rafael estaba sucio, incómodo y visiblemente angustiado.
Sus ojos la miraban desesperados, implorando ayuda.
—Dios mío… —susurró Lucía entre lágrimas—. No puedo dejarlo así…
Ella sabía que Daniel se enojaría, pero decidió actuar desde el corazón.
Preparó agua tibia.
Toallas limpias.
Ropa limpia.
Ella se acercó a él suavemente.
—No se preocupe, señor… Estoy aquí. Nadie debería pasar por esto solo.
Con manos temblorosas, empezó a ayudarlo.
Lo limpió con cuidado, con respeto y ternura.
Pero cuando necesitó quitarle la camisa para limpiarle la espalda…
Lucía se quedó completamente congelada.
El mundo quedó en silencio.
Porque en el hombro de Don Rafael…
entre las cicatrices profundas…
había algo que ella nunca olvidaría.
Un tatuaje.
Un águila sosteniendo una rosa.
Su cuerpo empezó a temblar.
Porque ese tatuaje había vivido en su memoria desde que tenía siete años.
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