Esa Nochebuena cambió mi perspectiva sobre la generosidad. No siempre es ruidosa. No siempre viene acompañada de agradecimiento ni reconocimiento. A menudo, se asemeja a una comida caliente servida en una calle tranquila.
La tradición de mi madre no terminó con ella. Perdura en mi forma de moverme por el mundo ahora. En la forma en que percibo a las personas que son fáciles de pasar por alto. En la forma en que prefiero la presencia a la comodidad.
Cada año, al acercarse las fiestas, recuerdo sus palabras. Y recuerdo a Eli allí de pie con lirios, prueba de que la bondad tiene un alcance mayor del que imaginamos.
Algunas tradiciones no necesitan fotografías. Perduran en las vidas que tocan.
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