Ahora otra mujer estaba allí, serena e inconfundiblemente autoritaria. El cabello de Mariana caía libremente sobre sus hombros, enmarcando un rostro marcado no por la suavidad sino por la claridad, la clase de rostro que hablaba de pruebas superadas y decisiones tomadas sin vacilar. Su postura era erguida, sus movimientos pausados, su mirada firme y fría, escudriñando el espacio con la seguridad de alguien que ha sido invisible el tiempo suficiente para comprender todo el peso de la visibilidad. El hombre canoso dio un paso al frente, con voz clara y resonante. "Es un honor presentarles a la Sra. Mariana Ortega", anunció, "fundadora de la marca 'Phoenix of Fire' e inversionista principal en esta exclusiva colección que se lanza esta noche". Un murmullo recorrió la multitud, seguido por el rápido parpadeo de las cámaras, flashes que capturaban una narrativa que Alejandro nunca había imaginado. Sus ojos se abrieron de par en par mientras retrocedía un paso tambaleándose, el mundo se inclinaba a su alrededor. Detrás de Mariana, iluminado por luces enfocadas, estaba el vestido rojo del que se había burlado momentos antes: una obra maestra tejida con rubíes, seda rojo fuego que fluía como una llama líquida. En la base, en una pequeña placa grabada, estaba su propio nombre. Mariana se giró hacia él lenta y deliberadamente y sonrió. No era la sonrisa frágil y esperanzada que recordaba de hacía siete años. Era algo forjado, controlado, inquebrantable. «Hace siete años», dijo con calma, «me dijiste que no era lo suficientemente buena para ti. Hace unos minutos, dijiste que jamás podría tocar este vestido». Cada palabra cayó como un martillo, precisa e inevitable, resonando por el vestíbulo y en el pecho de Alejandro.
Levantó la mano y el personal respondió al instante, abriendo la vitrina. Mariana dio un paso adelante y dejó que sus dedos rozaran la tela, su toque reverente pero seguro. Las luces se intensificaron y, por un instante, el vestíbulo pareció brillar con calor, como si el vestido mismo estuviera vivo, una extensión de su triunfo. "Qué pena", murmuró, su voz resonando sin esfuerzo por el espacio. "Porque quien ya no tiene derecho a tocar nada de esto... eres tú". En ese preciso momento, el teléfono de Alejandro comenzó a vibrar violentamente en su bolsillo. Lo buscó a tientas, con el miedo oprimiendo su pecho, y leyó el mensaje de su secretaria con los ojos muy abiertos: "Señor, el socio estratégico acaba de retirar toda la inversión. Han firmado un contrato de exclusividad con la Sra. Mariana Ortega". La rotundidad de las palabras lo golpeó como un puñetazo. Antes de que pudiera hablar, antes de que pudiera siquiera respirar, el agarre de Camila se desvaneció. Ella se apartó, su expresión cambiando de una confianza petulante a una profunda incredulidad. —Me dijiste que estabas a punto de convertirte en vicepresidente —dijo con frialdad—. ¿Era todo mentira? Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se alejó, con los talones golpeando el mármol como la cuenta regresiva de un colapso. La mente de Alejandro corría, repasando cada palabra que había usado para menospreciarla, cada mirada que había asumido que implicaba superioridad. Ahora comprendía, en la cruel precisión del tiempo y la fortuna, que la había subestimado por completo. El eco de su arrogancia reverberó en los azulejos brillantes, un sonido que nadie más podía oír excepto él.
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