El suegro vino del campo a visitarlo; el yerno lo despreciaba por ser pobre y se negaba incluso a hablar con él, pero luego palideció de arrepentimiento cuando supo la verdad...

—No quería molestarte, hija. Solo traje algunas cosas del rancho para que no olvidaras el sabor de casa.

María se conmovió hasta las lágrimas.

Pero Javier reaccionó de manera diferente.

Estaba en la sala mirando su celular; cuando vio entrar a Don Pedro con ropa desgastada y sandalias viejas, frunció el ceño, lo saludó con frialdad y se dio la vuelta.

Durante la comida, Don Pedro intentó charlar con su yerno:

Javier, ¿cómo va el trabajo? ¿Te cuesta mucho?

Javier comió rápidamente un poco de carne y respondió secamente:

“Lo de siempre.”

La atmósfera se puso tensa.

Don Pedro, sin embargo, sonrió y habló de las cosechas y de la vida en el pueblo.

Javier apenas escuchaba, asintiendo de vez en cuando.

En su interior, pensó con fastidio: «Un campesino sin dinero, ¿qué podría ser tan interesante? ¿Qué sabe de la vida moderna?».

María, al ver la frialdad de su marido, sufrió en silencio.

Esa tarde, Javier tenía una reunión importante con el director de una gran empresa, alguien con quien buscaba asociarse para salvar su negocio en crisis.

Se preparó apresuradamente, dejando a su suegro solo en el patio.

Poco después sonó el timbre.

 

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