Fui a anunciarme mi embarazo a mi novio, con mi hermano de dos metros.
Seamos honestas: yo sabía que Rodrigo era de los que ante una noticia grande necesitaba "pensar", "procesar" y básicamente desaparecer tres días con el teléfono en modo avión.
La última vez que le conté algo importante —que había chocado el auto— tardó cuarenta minutos en responder el mensaje. *Cuarenta minutos.* Yo ya había llamado al seguro, llenado el formulario y pedido un café para calmarme.
Así que esta vez tomé precauciones.
Le dije que viniera a casa porque tenía que contarle algo importante. Lo que *no* le aclaré era que mi hermano Matías iba a estar ahí.
Matías tiene 1,95 metros. Pesa no sé cuánto porque la balanza de casa no llega. Tiene cara de haber visto cosas en la vida y de no haberle gustado ninguna. Cuando era chico, los amigos míos le tenían miedo. Cuando fuimos al colegio juntos, los profesores también. Una vez un perro le ladró en la calle y a los dos segundos el perro se sentó solito y miró para otro lado.
Ese era mi plan B.
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