Rodrigo llegó puntual —primera señal de que algo en el universo presagiaba que esta noche iba a ser distinta— tocó el timbre, subió, entró.
Y ahí estaba Matías. Sentado en el sillón. Con los codos en las rodillas. Mirándolo.
—Heeey, Mati, ¿cómo andás? —dijo Rodrigo con esa sonrisa de "no sé qué está pasando pero me río por si acaso".
—Bien —dijo Matías. Y nada más. Solo "bien". Sin mover un músculo de la cara.
Rodrigo se sentó. Yo me senté. Matías siguió ahí como una montaña con zapatillas.
—Ro... ¿pasa algo? —me preguntó Rodrigo mirándome a mí, luego a Matías, luego a la puerta, en ese orden exacto.
—Sí —dije.
Saqué la prueba de embarazo del bolsillo y se la puse en la mano.
El silencio que vino después fue de esos que tienen textura. Se podía masticar.
Vi el proceso completo en su cara: primero leyó las líneas, después me miró a mí, después miró la prueba de nuevo como si hubiera cambiado algo, después miró a Matías, después —juro por lo más sagrado— sus ojos fueron a la puerta.
Solo que Matías lo vio venir.
Se levantó. Despacito. Con toda la calma del mundo. Caminó hasta el sillón de enfrente a la entrada y se sentó ahí. Cruzó los brazos. Y lo miró.
Rodrigo tragó saliva.
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