Me llamo Emily Carter, tengo treinta y seis años y jamás imaginé que un boleto de lotería cambiaría mi vida en cuestión de horas. Aquella mañana, todavía temblando, sostuve el comprobante ganador: 50 millones de dólares. Mis manos sudaban, el corazón me golpeaba el pecho y lo primero que pensé fue en Daniel, mi esposo, y en nuestro hijo de cinco años, Lucas. No quería llamar por teléfono; necesitaba ver su reacción, abrazarlo, decirle que por fin todo el sacrificio había valido la pena.

Tomé a Lucas de la mano y conduje directamente a la oficina de Daniel, una empresa de consultoría financiera en el centro. Durante el trayecto imaginé su sonrisa, los planes que haríamos, la casa más grande, el tiempo que podría dedicarle a nuestro hijo. Lucas saltaba emocionado en el asiento trasero sin entender del todo, pero contagiado por mi alegría.

Al llegar, subimos al piso doce. La recepcionista no estaba en su escritorio, algo raro para esa hora. Caminé por el pasillo hacia la oficina privada de Daniel, pensando en cómo sorprenderlo. Cuando estaba a punto de tocar la puerta, me detuve en seco. Desde dentro se escuchaban risas ahogadas, susurros y sonidos inconfundiblemente íntimos. Mi estómago se cerró. Lucas apretó mi mano.

Reconocí la voz de Daniel… y la de Sophie, su asistente, una mujer joven que yo ya había notado demasiado cercana. Sentí cómo la sangre me abandonaba el rostro. No era una sospecha, no era un rumor: los estaba escuchando claramente.

Durante unos segundos, pensé en abrir la puerta y gritar, en hacer un escándalo, en llorar. Pero algo dentro de mí se enfrió de golpe. Miré a mi hijo, inocente, sin entender la traición que estaba ocurriendo a pocos metros. Respiré hondo. Guardé el boleto de lotería en mi bolso con un gesto firme.