No lloré. No grité.
Simplemente me di la vuelta, tomé a Lucas en brazos y salí del edificio con una calma que ni yo misma reconocía. Mientras bajaba en el ascensor, una idea clara y peligrosa empezó a tomar forma en mi mente.
Daniel no iba a enterarse del premio como yo había planeado… y esa decisión cambiaría el destino de todos nosotros.

Esa misma noche, Daniel llegó a casa como si nada hubiera pasado. Me besó en la mejilla, preguntó por Lucas y habló de su “agotador día de trabajo”. Yo lo observaba en silencio, estudiando cada gesto, cada mentira automática que salía de su boca. No mencioné la oficina. No mencioné a Sophie. Y, por supuesto, no mencioné los 50 millones.

Durante las semanas siguientes, jugué el papel de esposa normal. Sonreía, cocinaba, escuchaba. Mientras tanto, en secreto, contacté a un abogado especializado en patrimonio y divorcios, Michael Rosen, recomendado por una amiga. Le mostré el boleto, los documentos, y le conté todo con precisión quirúrgica. Él fue claro: el premio, al haber sido reclamado por mí y con pruebas de infidelidad, podía protegerse legalmente.

Reclamé el dinero de forma discreta, bajo asesoría profesional. Abrí cuentas a mi nombre y a nombre de un fideicomiso para Lucas. Cada firma era un paso más lejos de Daniel. Cada día que pasaba, mi determinación crecía.

La confirmación definitiva llegó cuando, una tarde, encontré mensajes explícitos en el teléfono de Daniel. No sentí dolor; sentí alivio. Ya no había dudas. Planeé cada detalle con paciencia. No buscaba venganza impulsiva, sino justicia silenciosa.

Un mes después, le pedí a Daniel que habláramos. Le entregué los papeles del divorcio junto con copias impresas de los mensajes y un informe privado que demostraba su relación con Sophie en horario laboral. Su rostro se descompuso. Tartamudeó, negó, luego guardó silencio.

Entonces vino el golpe final. Le dije, con voz tranquila, que había ganado la lotería. Vi cómo sus ojos se iluminaron… solo para apagarse cuando añadí que él no vería ni un centavo. Legalmente, todo estaba fuera de su alcance. La casa, el dinero, el futuro de Lucas: todo estaba protegido.