Tartamudeó nervioso, poniendo excusas: “Debe ser de Hugo… probablemente lo dejó aquí…”. Pero Mariana lo interrumpió con una risa amarga.
“¿Hugo? ¿Un hombre con tirantes rojos? ¿Y además es él quien te escribe diciendo ‘Te extraño, amor’? ¿Crees que soy idiota?”.
Ricardo palideció. Su silencio fue su confesión. Cuando finalmente susurró: “Perdóname… no sé por qué hice esto…”, Mariana sintió que su mundo se derrumbaba.
Lo echó de casa. Lloró, rompió a llorar y llamó a su mejor amiga para que la consolara. La casa, que días antes había sido un refugio acogedor, se había convertido en un lugar frío, lleno de falsos recuerdos.
Sentada junto a la ventana, viendo caer la lluvia sobre Ciudad de México, Mariana se preguntó: ¿Cuántas lágrimas más tendré que derramar para encontrar la paz de nuevo? Y en medio de ese dolor, nació una certeza: la tormenta pasaría, el sol volvería a salir y ella, aunque destrozada, aprendería a levantarse de nuevo. Porque incluso las cicatrices más profundas, un día, se convierten en signos de fortaleza.
Los días que siguieron a la partida de Ricardo fueron un infierno silencioso.
La casa era demasiado grande, demasiado vacía. Cada rincón —el sofá, la mesa del comedor, la cama que aún olía a su traición— era un doloroso recordatorio. Mariana lloró hasta que se le secaron las lágrimas, dejando solo un vacío gélido en el pecho.
⏬️⏬️ continúa en la página siguiente ⏬️⏬️
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
