La esposa se fue de viaje de trabajo por un mes… y al volver quedó helada al encontrar esto bajo la almohada de su marido.


—“Recupérate, amor.”

Mariana sonrió feliz. Quizá decían que los hombres mexicanos no eran muy románticos, pero su esposo era una excepción.

Pero la felicidad, a veces, es como un vidrio: transparente, hermoso… y frágil.

Tres días después, Mariana encontró una liga para el cabello de color rojo debajo de la almohada en la recámara. No era suya. Ella nunca usaba ese tipo, ni mucho menos ese color.

La sostuvo entre sus dedos un buen rato. No sintió celos desbordados ni furia, solo una tristeza profunda, como una melodía que se apaga lentamente. Porque las mujeres tienen un sexto sentido. No dijo nada.

Esa noche, mientras descansaba con la cabeza sobre el brazo de Ricardo, preguntó suavemente:
—“Durante el tiempo que estuve fuera… ¿alguien vino a nuestra casa?”

Ricardo respondió sin dudar:
—“Solo vino Hugo a pedirme prestado el taladro, nadie más.”

Mariana asintió en silencio, intentando mantener el rostro sereno. La sonrisa en sus labios era forzada. Ricardo no notó nada, o quizá fingió no notarlo. Él siguió abrazándola, contándole historias sobre su trabajo durante el mes pasado. Pero esas palabras, que debían llenar el vacío de la distancia, ahora solo aumentaban la brecha en su corazón.

El sexto sentido le decía que algo no cuadraba. Una liga de cabello roja. Un envoltorio de dulce extraño bajo la cama. El reflejo nervioso de Ricardo al recibir un mensaje y voltear el teléfono boca abajo. Todo se unía en un rompecabezas doloroso.

 

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