Mariana lo miró largo y tendido desde la puerta. Ya no lloraba, ya no temblaba. Su voz fue firme, serena, cortante como una espada:
—“Yo sí puedo vivir sin ti, Ricardo. Y lo estoy haciendo mejor que nunca.”
Cerró la puerta.
Y con ese golpe seco, cerró también un capítulo de su vida.
Meses más tarde, Mariana viajó de nuevo, esta vez a Guadalajara, para presentar un proyecto. Allí, en una conferencia, conoció a personas nuevas: colegas, amigos, gente con sueños como los suyos. Y entre ellos, alguien que la miró no con deseo de poseerla, sino con respeto, con admiración genuina.
No era el inicio de un romance inmediato —Mariana aún no lo buscaba—, pero sí el inicio de algo mucho más grande: su renacimiento como mujer libre, fuerte y consciente de su propio valor.
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