Algo en su voz hizo que el sargento levantara la vista. Le recordó a los viejos jefes de escuadrón, los que arreglaban aeronaves solo con escuchar el motor.
—La aeronave está en la bahía siete. Las revisiones previas ya se hicieron, pero puede verificar lo que considere necesario.
Ella no buscaba atención. Solo otra contratista más, otro día de trabajo en la maquinaria militar.
Fue entonces cuando el cabo segundo Arturo Herrera decidió que ella sería su distracción.
Herrera tenía veintidós años, recién egresado de la escuela técnica, con el uniforme impecable, botas brillantes y una arrogancia que solo tienen quienes aún no han sido puestos a prueba. Había reprobado un examen esa semana, había sido reprendido por perder herramientas y estaba frustrado. Necesitaba desquitarse con alguien.
—Oiga, señora —dijo sin acercarse—. ¿Usted viene a revisar aviónica?
Ilarror levantó la vista con calma.
—Evaluación estructural.
—Voy a necesitar ver su autorización. Nuevos protocolos de seguridad.
Ella le entregó la carpeta sin decir una palabra. Herrera la revisó exageradamente, fingiendo conocimiento. A su alrededor se acercaron otros tres: un soldado raso joven, otro técnico distraído y un sargento que debería haber intervenido… pero no lo hizo.
—Aquí dice estructural, no aviónica —dijo Herrera con una sonrisa torcida.
—La evaluación estructural incluye soportes de aviónica —respondió ella.
Uno de los soldados rió por lo bajo.
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