LE ORDENARON DESVESTIRSE FRENTE A TODOS, PERO EL COMANDANTE SE QUEDÓ HELADO AL VER EL TATUAJE EN SU ESPALDA

Herrera cruzó los brazos.

—Protocolos nuevos. No se permiten dispositivos electrónicos ocultos. Necesito verificar que no trae nada.

El ambiente cambió. Las conversaciones bajaron. Algo no estaba bien.

—¿Qué está sugiriendo? —preguntó Ilarror, sin elevar la voz.

—Que se quite la parte superior. Procedimiento estándar….

Era mentira. Todos lo sabían.

Ilarror permaneció inmóvil unos segundos. Podía llamar a un superior. Podía negarse. Podía irse.

En lugar de eso, dejó la tabla sobre una mesa y bajó lentamente el cierre del overol.

La tela se abrió, revelando una camiseta gris simple. Nada provocador. Nada oculto. Se bajó el overol hasta la cintura y se quedó de espaldas.

—Date la vuelta —ordenó Herrera.

Y ella obedeció.

El tatuaje recorría su columna como una cicatriz viva: un triángulo invertido, números grabados con precisión y, debajo, la silueta de un ave de presa con las alas abiertas.

Los jóvenes no entendieron.

—Una señora con tatuajes… —murmuró uno.

Pero el coronel Darío Fénix, que acababa de entrar al hangar para una inspección, sí entendió.

La carpeta se le cayó de las manos.

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