Los médicos dijeron que a las trillizas de un padre adinerado les quedaban pocos días de vida. Lo que sucedió después lo cambió todo.

En cambio, oyó risas.

No era el suave sonido de una diversión educada. Era una alegría plena y desenfrenada. El tipo de risa que surge de niños completamente absortos en un momento, ajenos a los miedos de los adultos o al lenguaje médico.

Arthur se detuvo en la puerta.

En el centro de la habitación se encontraba Elena, la ama de llaves residente de la familia. Se había incorporado al hogar hacía apenas unos meses. Arthur se dio cuenta, con una punzada de vergüenza, de que no sabía casi nada de ella, salvo su fiabilidad y su presencia serena. Siempre se había movido silenciosamente por la casa, atenta pero discreta.

Ahora ella estaba haciendo algo completamente inesperado.

 

En la mesa, frente a las chicas, había un gran pastel colorido con capas de fruta y crema. Lucía vibrante y lleno de vida, un marcado contraste con las rutinas estériles que habían llenado sus días. Las chicas se inclinaron hacia adelante con entusiasmo, con los ojos brillantes y las manos apoyadas en la fría superficie de piedra. Arthur notó de inmediato que se veían diferentes. Había color en sus mejillas. Había energía en su postura.

El miedo le subió bruscamente a la garganta.

Los médicos habían sido firmes con las restricciones dietéticas. Todo había sido medido, monitoreado y controlado cuidadosamente. Esto no formaba parte del plan.

—Elena —dijo Arthur con voz tensa—. No deberían comer esas cosas.

Ella se giró para mirarlo, tranquila y serena. No había a la defensiva en su expresión, solo una tranquila confianza.

—Señor —respondió en voz baja—, han estado rodeados de reglas y medicinas durante tanto tiempo. Hoy quería que probaran algo hecho con cariño y amor.

 

 

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