Me pareció dulce que se preocupara. Le respondí con naturalidad: “Tu coche no arrancaba esta mañana, así que le presté mis llaves a tu mamá para que fuera al templo de la montaña. Dijo que el coche va muy suave”.

Dejé el teléfono sobre el escritorio y volví a mi ordenador. Pasaron exactamente cinco segundos. Mi teléfono comenzó a vibrar violentamente sobre la madera, rompiendo el silencio de la oficina. Era una videollamada de Marcos. Al contestar, la imagen me heló la sangre. Él estaba en su oficina, pero su rostro estaba desencajado, pálido como el papel, con los ojos desorbitados y una expresión de terror puro que jamás había visto en un ser humano. Parecía un hombre que acababa de ver al diablo.

—¡Llama a mamá ahora mismo! —gritó, con la voz quebrada por el pánico—. ¡Dile que pare! ¡Que pare el coche inmediatamente! ¡Elena, hazlo ya! …

El grito de Marcos resonó tan fuerte que varios compañeros de trabajo se giraron a mirarme. Mi corazón comenzó a latir desbocadamente, no por lo que entendía, sino por lo que el instinto me gritaba. Sin colgar la videollamada, minimicé su imagen temblorosa y marqué frenéticamente el número de Doña Sofía.

Uno… dos… tres tonos. Nadie respondía.

—¡No contesta, Marcos! ¡No contesta! —le grité, sintiendo cómo la histeria comenzaba a apoderarse de mí—. ¿Qué pasa? ¿Qué le hiciste al coche? ¡Dímelo!

Marcos no respondió a mi pregunta, solo se agarraba la cabeza con ambas manos, sollozando y maldiciendo. “Dios mío, no, no a ella, no a ella”, repetía. Cortó la llamada abruptamente. Segundos después, me envió su ubicación en tiempo real; ya iba en camino hacia la carretera de la montaña. Salí corriendo de la oficina sin dar explicaciones, tomé un taxi y le pedí al conductor que volara hacia la ruta que lleva al templo.

El trayecto fue una tortura psicológica. Intenté llamar a Sofía diez, veinte, treinta veces. Siempre el mismo resultado: el buzón de voz. Mi mente comenzó a conectar los puntos oscuros que mi corazón se negaba a aceptar. La insistencia de Marcos en que yo usara el coche, las “pastillas de alta gama”, su sonrisa fría, y ahora, su pánico absoluto al saber que era su madre quien estaba al volante. No era un fallo mecánico lo que él temía; era la certeza de un desastre provocado.

La carretera hacia el templo es conocida por sus curvas cerradas, sus barrancos profundos y la falta de protecciones en los tramos más antiguos. Es una vía hermosa pero implacable, que requiere frenos en perfecto estado para controlar el descenso. A medida que el taxi subía, empezamos a ver señales de congestión. Coches detenidos, gente mirando hacia el precipicio. Mi estómago se cerró.