A lo lejos, vi el coche de Marcos mal aparcado en el arcén. Él estaba de pie junto al borde de la carretera, sujetado por dos desconocidos, gritando hacia el vacío. Pagué al taxista y corrí hacia él. El aire olía a goma quemada y a pino. Cuando llegué al borde y miré hacia abajo, el mundo se detuvo.

Casi cien metros más abajo, encajado entre rocas y árboles viejos, yacía mi coche. O lo que quedaba de él. Era un amasijo de hierros grises, volcado sobre el lado del conductor. El techo estaba aplastado y el humo salía del capó. No había movimiento. Los equipos de rescate ya estaban descendiendo con cuerdas, sus chalecos naranjas brillando como pequeñas esperanzas en medio del desastre grisáceo.

—¡Mamá! —el aullido de Marcos fue desgarrador, un sonido animal que me erizó la piel. Se giró hacia mí, y en sus ojos vi la culpa más profunda y oscura que un ser humano puede cargar. No era tristeza por un accidente; era el peso de un verdugo que ha ejecutado a la víctima equivocada.

La policía llegó minutos después y acordonó la zona. Nos mantuvieron alejados mientras los bomberos trabajaban con las herramientas hidráulicas para cortar el metal. Cada minuto era una eternidad. Marcos estaba en estado de shock, balbuceando incoherencias. Yo me mantenía de pie solo por la adrenalina, observando cómo sacaban un cuerpo cubierto con una sábana blanca. En ese momento supe que Sofía se había ido. La mujer amable que me había acogido como a una hija había pagado el precio de una guerra que no era suya.

Un oficial de policía se acercó a nosotros con una libreta en la mano y el rostro serio. Miró el coche destrozado allá abajo y luego a Marcos.

—Señor, señora… lamento informarles que la conductora ha fallecido. El impacto fue demasiado violento. Pero hay algo más… —el oficial hizo una pausa, mirando fijamente a Marcos—. Los peritos preliminares han notado algo muy extraño en las marcas de frenado sobre el asfalto. O mejor dicho, en la ausencia de ellas.

Las palabras del oficial cayeron como una sentencia. “Ausencia de marcas de frenado”. En una carretera de montaña, eso solo significaba dos cosas: o el conductor se durmió, o los frenos no existían. Marcos se desplomó de rodillas, vomitando sobre la hierba seca del arcén. Yo lo miré, y en ese instante, el miedo se transformó en una claridad helada. No necesité preguntar. Lo supe.