La investigación fue rápida y brutal. El coche fue izado y llevado al depósito judicial esa misma tarde. Yo fui interrogada como testigo, pero Marcos fue llevado en calidad de sospechoso casi de inmediato. Su comportamiento errático y sus gritos de “¡Yo la maté!” antes de que nadie confirmara la causa técnica del accidente, fueron suficientes para levantar todas las alarmas.

Dos días después, el informe pericial confirmó mis peores pesadillas. No había pastillas de freno de “alta gama”. De hecho, los latiguillos del líquido de frenos habían sido cortados intencionalmente, de tal manera que aguantaran un par de frenadas suaves en la ciudad, pero colapsaran ante la primera presión fuerte y sostenida… como la necesaria para bajar una montaña. Fue un sabotaje calculado, meticuloso y cobarde.

Marcos confesó durante el segundo interrogatorio. Se derrumbó bajo la presión de su propia conciencia. Admitió que había planeado mi muerte para cobrar un seguro de vida considerable y huir con una amante que yo ni siquiera sabía que existía. Había pasado la tarde del domingo no arreglando mi coche, sino convirtiéndolo en un ataúd con ruedas. Su plan era perfecto: un accidente trágico en mi camino al trabajo, una viudez rápida y una fortuna en el banco.

Pero el destino, con su ironía cruel, jugó su propia carta. El fallo en la batería de su propio coche —un simple azar mecánico— obligó a la única persona que él realmente amaba en este mundo, su madre, a subirse a la trampa mortal diseñada para mí. Doña Sofía condujo hacia su muerte creyendo que su hijo cuidaba de ella, sintiendo el coche “suave” hasta que llegó la primera curva descendente y el pedal se fue al fondo sin respuesta.

El juicio fue un espectáculo mediático, pero yo apenas presté atención. Ver a Marcos esposado, envejecido diez años en diez días, llorando cada vez que mencionaban el nombre de su madre, no me produjo satisfacción. Solo sentí un vacío inmenso. Él había querido destruir mi vida, y en su lugar, destruyó su alma y mató a la mujer que le dio la vida. Fue condenado a prisión perpetua, no solo por el homicidio imprudente de su madre, sino por el intento de asesinato premeditado contra mí.

Hoy, visito la tumba de Sofía a menudo. Le llevo las flores que a ella le gustaban y le pido perdón por haberle prestado esas llaves, aunque sé que la culpa no es mía. A veces pienso en esa sonrisa extraña de Marcos en el garaje. Esa intuición que sentí y que ignoré por querer confiar en mi marido. Esa pequeña voz que me decía “no conduzcas”, y que al final, salvó mi vida pero condenó a otra.