—Enseguida, señora Vanessa. Las cerraduras estarán cambiadas en una hora.
—Perfecto —dije, dirigiéndome hacia la puerta.
—¡No puedes dejarme así! —gritó Curtis detrás de mí, arrastrándose hacia adelante—. ¡¿Qué se supone que debo hacer?!
Me detuve sin darme la vuelta.
—Recibirás dos mil dólares al mes, Curtis —dije con calma—. Te sugiero que aprendas a administrar tu presupuesto. O quizás busques trabajo. He oído que siempre hay puestos de cuidador disponibles. Quizás aprendas lo que significa realmente cuidar a alguien.
Salí. La luz del sol parecía irreal. El aire sabía a nuevo, no por el dinero, aunque importaba, sino porque por fin se había hecho justicia.
Me subí al coche. Ya no era un lugar de lágrimas, sino el comienzo de algo nuevo. Al alejarme, vi a Curtis en el retrovisor: salía tambaleándose del edificio, gritando al teléfono y culpando a alguien más.
Sonreí.
Su sonrisa desapareció para siempre.
La mía apenas comenzaba.
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