La noche en Las Lomas de Chapultepec brillaba como si la Ciudad de México misma hubiera decidido adornarse con joyas. La mansión de Antonio Mendoza —sesenta años, empresario legendario, uno de los hombres más ricos de México— estaba lista para la fiesta más ostentosa del año: alfombra roja en la entrada, arreglos de orquídeas importadas, un cuarteto de cuerdas tocando cerca de la fuente, y meseros con guantes blancos sosteniendo charolas de cristal.
Todo estaba calculado para una sola cosa: que el mundo viera que la familia Mendoza seguía siendo intocable.
Pero el homenajeado no llegaría en camioneta blindada ni con escolta. Llegaría a pie.
Cuando los invitados comenzaron a aglomerarse en el jardín, la música se detuvo por un segundo extraño. No porque alguien diera una orden, sino porque la escena en la reja principal parecía un error del universo: un hombre mayor, con la barba crecida y desordenada, ropa rasgada, un pantalón manchado y una manta raída sobre los hombros, caminando con una dignidad que no encajaba con su aspecto.
El guardia de seguridad fue el primero en verlo.
—¿Qué hace aquí, señor? —preguntó, ya extendiendo una mano para detenerlo.
El hombre levantó la mirada. Sus ojos eran oscuros, profundamente cansados, pero firmes.
—Vengo a mi fiesta —dijo con una voz ronca—. Hoy cumplo sesenta.
El guardia soltó una risa incrédula.
—Ajá. Claro. Váyase antes de que llame a la patrulla.
Otro guardia se acercó. Luego el jefe de seguridad, un ex policía con cara de pocas palabras. Ninguno reconoció al hombre bajo la barba y la miseria cuidadosamente construida.
—Llévenselo —ordenó el jefe, impaciente—. Antes de que lo vean los medios.
En ese momento salió Carlos, el hijo mayor de Antonio. Traje italiano, reloj que podría comprar una casa, sonrisa de plástico. Miró al indigente con una mezcla de asco y fastidio, como si fuera una mancha en su evento.
—¿Qué están esperando? —dijo, sin disimulo—. Sáquenlo. Esto es una fiesta privada, no un comedor comunitario.
El hombre no respondió. Solo observó, como si estuviera tomando notas invisibles.
A los pocos segundos apareció Pablo, el hijo del medio, el más “amable” de cara, pero igual de cómodo con el desprecio.
—Seguro es uno de esos que se hacen pasar por familiares para sacar dinero —sentenció—. Llamen a la policía. Que se lo lleven.
Y entonces salió Mónica, la esposa de Antonio. Vestido rojo de alta costura, peinado perfecto, aretes que brillaban como señales de tránsito.
Se acercó con una expresión ensayada: indignación elegante.
—Qué broma tan corriente —dijo—. ¿Quién contrató a este señor para arruinarme la noche? Sáquenlo ya. ¡Ya!
Lo dijo como si el hombre fuera un objeto.
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