Ocho años después de la desaparición de su hija, una madre reconoce su rostro tatuado en el brazo de un hombre. La verdad detrás de la imagen la dejó sin aliento.

Su esposo, el señor Javier, enfermó por el shock y murió tres años después. La gente de su barrio, Roma Norte, decía que la señora Elena era muy fuerte al seguir adelante sola con su pequeña tienda de pan dulce, viviendo y aferrándose a la esperanza de encontrar a su hija. Para ella, Sofía nunca había muerto.

Ocho años después, en una sofocante mañana de abril, la señora Elena estaba sentada en la puerta de su panadería cuando escuchó el motor de una camioneta pick-up vieja detenerse. Un grupo de jóvenes entró a comprar agua y conchas. Ella apenas prestó atención, hasta que su mirada se detuvo: en el brazo derecho de uno de los hombres, se veía un tatuaje con el retrato de una niña.

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