Desde la psicología del comportamiento, también se ha observado que el desorden persistente puede estar vinculado con una baja en los niveles de motivación, problemas de organización mental e incluso síntomas de trastornos afectivos. Por supuesto, esto no significa que toda persona con platos sucios esté atravesando una crisis emocional, pero si el patrón se repite de forma constante y se extiende a otras áreas del hogar o de la vida, podría ser una señal de alarma.
Por otro lado, el entorno físico tiene un impacto directo en el estado anímico. Diversos estudios señalan que los espacios desordenados o sucios pueden aumentar los niveles de cortisol, la hormona del estrés. Ver constantemente una cocina con platos acumulados puede generar culpa, irritabilidad o sensación de falta de control. Incluso, puede afectar el apetito y alterar los hábitos alimenticios, ya que muchas personas evitan cocinar o comer en un espacio desordenado.
El lado positivo es que recuperar el control sobre estos pequeños detalles del hogar puede tener un efecto terapéutico. Comenzar por lavar los platos es, muchas veces, el primer paso para salir de una etapa de estancamiento emocional. Ordenar el entorno también ordena la mente. Por eso, los terapeutas suelen recomendar establecer pequeñas rutinas domésticas como parte del proceso de recuperación emocional o de construcción de hábitos saludables.
En resumen, los platos sucios no solo hablan del estado de tu cocina, sino también del estado de tu interior. Si te encontrás dejando acumular tareas básicas sin motivo aparente, quizás sea momento de observar cómo te estás sintiendo y si necesitás un respiro, ayuda o simplemente empezar por lo más simple: llenar el fregadero de agua y limpiar. Porque, muchas veces, lavar los platos es mucho más que una obligación: es un acto de reconexión contigo mismo.
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