“Muévete. Me tapas el espejo.”
La frase cayó con la misma frialdad con la que caen las cosas que ya no importan. Álvaro Montes, mi marido, me empujó suavemente con el hombro mientras ajustaba su chaqueta italiana frente al espejo del dormitorio. Yo sostenía a nuestro hijo Leo, aún con el pecho descubierto, oliendo a leche materna y noches sin dormir.
Sobre la cama había una maleta Louis Vuitton. La reconocí. La había comprado yo, euro a euro, renunciando a almuerzos durante seis meses. Ahora servía para empacar la vida que se llevaba lejos de mí.
—¿De verdad te vas? —pregunté con una calma que ni yo entendía.
Álvaro resopló, arrojando una corbata de seda dentro de la maleta.
—Mírate, Sara. Hueles a leche y a cebolla. Hablas de pañales, de descuentos. Te has vuelto… aburrida.
La palabra quedó flotando como un golpe.
—Estoy criando a tu hijo —respondí, meciendo a Leo—. Y plancho esas camisas que llevas puestas.
—¡Ese es el problema! —explotó—. Soy director regional ahora. Mi imagen importa. Necesito una mujer que eleve mi nivel, no alguien que parece haber renunciado a la vida.
Me mostró su teléfono. En la pantalla, Clara Vega, modelo, perfecta, bronceada en un yate.
—Este es el tipo de mujer que va conmigo. El tipo que encaja en el ático nuevo.
Respiré hondo.
—Álvaro, te lo voy a preguntar una sola vez. ¿Estás seguro? Porque cuando cruces esa puerta, no se quema un puente… explota.
Se rió.
—¿Eso es una amenaza? ¿De ti? ¿Qué vas a hacer? ¿Recortar cupones con más rabia?
Cerró la maleta. No miró a su hijo. No se despidió. La puerta se cerró con un clic seco.
El rugido de su BMW se perdió en la calle.
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