—Entonces ha cometido el error correcto.
Colgué. No lloré. Hacía años que había aprendido que las lágrimas no protegen a nadie.
A la mañana siguiente, Álvaro despertó en su nuevo ático de Barcelona con vistas al mar. Champagne, sábanas blancas, Clara dormida a su lado. Su teléfono vibró sin parar. Llamadas del banco. Del trabajo. De un socio.
A las diez, su tarjeta fue rechazada. A las once, recibió un correo de recursos humanos: “Suspensión temporal por auditoría interna”. Al mediodía, dos hombres trajeados lo esperaban en el garaje.
Mientras tanto, yo estaba en una cafetería discreta del Eixample, con Leo en el carrito, hablando con Lucía Ferrer, abogada especializada en fraudes corporativos.
—Tu marido ha usado empresas pantalla —me explicó—. Desvíos pequeños, constantes. Creía que nadie miraba.
—Ahora miran —respondí.
Esa misma tarde, Marcos Ríos, periodista económico, publicó una investigación demoledora. No mencionaba a mi padre. Nunca lo haría. Pero cada dato llevaba su huella invisible.
Álvaro volvió a casa esa noche. Golpeó la puerta. Suplicó. Negó. Amenazó.
—¿Qué has hecho? —gritó—. ¡Me estás destruyendo!
Lo miré desde el otro lado de la puerta, sosteniendo a nuestro hijo.
—No. Te estás viendo por primera vez sin privilegios.
Clara desapareció al día siguiente. Los amigos también.
Álvaro fue imputado. Perdió el ático. El coche. El puesto.
Pero yo aún no había terminado.
Porque no se trataba de venganza.
Se trataba de justicia… y de proteger a mi hijo de un hombre que confundía el amor con estatus.
Y entonces llegó la última llamada de mi padre:
—Ahora decide, princesa. ¿Quieres seguir escondiéndote… o vivir libre?
Elegí la libertad.
