Miré por la mirilla.
Eran mis padres.
Más viejos. Más pequeños. Lloraban.
Mi madre tenía la cara rota de culpa. Mi padre sostenía unos papeles con manos temblorosas.
Supe, sin oír una palabra, que la verdad había salido a la luz.
Me apoyé en la puerta. Respiré hondo.
Y decidí no abrir.
Porque algunas ausencias no son venganza.
Son la única justicia que queda.
No abrí la puerta, pero tampoco me fui.
Me quedé apoyado en la madera, escuchando cómo mi madre sollozaba al otro lado.
—Sabemos que estás ahí —dijo—. Por favor.
No respondí.
Cuando finalmente se marcharon, me senté en el suelo. No sentí alivio. Sentí cansancio. El tipo de cansancio que se acumula durante años.
A la mañana siguiente, encontré un sobre bajo la puerta.
Dentro había una carta de mi padre.
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