“Lucas, fallamos. Sophie confesó. No fue tú. Nunca lo fue. El padre es un hombre que conoció años después. Mintió por miedo. Nosotros elegimos creer lo más fácil. Perdón.”

Leí la carta varias veces.

Recordé la noche en que me fui. Cómo nadie me siguió. Cómo nadie dudó.

Hablé con Martín, mi mejor amigo actual. Fue el único a quien le conté todo.

—No les debes nada —dijo—. Pero tampoco te debes silencio a ti mismo.

Pensé en Sophie.

No sentía odio. Sentía vacío.

Días después, acepté reunirme con mis padres en un café. Lugar público. Hora corta.

Llegaron antes que yo.

—No buscamos excusas —dijo mi padre—. Solo queríamos que supieras la verdad.

—Siempre la supe —respondí.

Mi madre lloró.

—Nos dejaste morir diez años contigo —susurró.

—No —dije—. Ustedes me enterraron vivo.

No grité. No insulté. No necesitaba hacerlo.

Les expliqué mi vida. Sin dramatizar. Sin reproches exagerados. Les dije quién era ahora.

—¿Y Sophie? —preguntó mi madre.

—No quiero verla —respondí—. No por castigo. Por salud.

Se fueron sin insistir.

Meses después, Sophie intentó contactarme.

No contesté.