No porque no hubiera perdón posible. Sino porque el perdón no siempre implica presencia.

Aprendí algo importante: cerrar una herida no significa volver a tocarla.

Mis padres siguieron escribiendo. Cartas largas. Algunas torpes. Otras sinceras.

Respondí una sola vez.

“Acepto la verdad. No acepto el pasado. Cuiden lo que les queda. Yo cuidaré lo mío.”

No volví a saber de ellos.

Hoy tengo treinta y siete años. Trabajo, amigos, una relación estable. No perfecta, pero honesta.

A veces pienso en el chico de diecisiete años que salió de casa con una mochila. Nadie lo defendió. Nadie lo dudó.

Yo sí.

Y eso fue suficiente para seguir.

Porque hay familias que se pierden.

Y hay vidas que se reconstruyen sin pedir permiso.