“Uñas de viejo”: por qué cambian con la edad y qué revelan sobre la salud

Con el paso del tiempo, el cuerpo humano atraviesa una serie de transformaciones visibles que reflejan el proceso natural de envejecimiento, y las uñas no son la excepción. Muchas personas, especialmente a partir de cierta edad, comienzan a notar que ya no tienen la misma apariencia de antes: se vuelven más gruesas, pierden brillo, cambian de color, se quiebran con facilidad o adoptan formas irregulares. A este conjunto de modificaciones se lo suele denominar de manera coloquial “uñas de viejo”, una expresión muy difundida que, aunque popular, no describe con exactitud lo que ocurre en el organismo.

En realidad, las “uñas de viejo” no constituyen una enfermedad ni un diagnóstico médico formal. Se trata, en la mayoría de los casos, de cambios fisiológicos que aparecen de forma progresiva como parte del envejecimiento. Estas alteraciones pueden afectar tanto a las uñas de las manos como a las de los pies y suelen desarrollarse lentamente, a lo largo de los años, sin provocar síntomas evidentes en las primeras etapas. Por ese motivo, muchas personas las aceptan como algo inevitable, sin detenerse a pensar en las causas que las generan.

Uno de los factores centrales detrás de estos cambios es la disminución del ritmo de crecimiento de las uñas. Con el avance de la edad, las células responsables de producirlas se renuevan con menor rapidez, lo que impacta directamente en su estructura. Como consecuencia, las uñas tienden a volverse más opacas, menos uniformes y más vulnerables a la rotura. A esto se suma el desgaste acumulado a lo largo de la vida, que empieza a hacerse visible en su superficie.

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